¡Os echo de menos lectorxs! Si, aunque no lo creais siento que os tengo abandonaditxs sin daros noticias desde hace mucho, pero es que se me ha echado encima el tiempo.
Estoy en el sexto y último país de mi aventura mochilera: Ecuador. Normalmente el Ecuador se suele utilizar cuando uno va por la mitad pero el inminente final está a siete días de aquí. El Martes día 2 estaré abrazando a mi familia en Madrid.
Me dejo de sentimentalismos por ahora y os transporto a Medellín desde donde di noticias por última vez.
No pasé más de 48 horas ahí. Después de haber estado sintiendo el mar por el norte y el contacto con la naturaleza no me gustó mucho volver a una gran ciudad pero me parecía interesante visitarla para contrastar con Bogotá y para conocer el desarrollo del que mucho me habían hablado.
Efectivamente es una ciudad desarrollada en algunos aspectos. Tiene modernos centros de convenciones y verdes parques para pasear. Cuando llegué a la terminal de buses pude transportarme en su rápida red de Metro sobre la superficie, único en Colombia hasta llegar a la zona de Poblado donde me alojé un limpio y acogedor hostel.
A la mañana siguiente madrugué para visitar su centro. Cientos de taxis pintando de amarillo las calles, vendedores ambulantes y riadas de personas con prisas formaban la típica escena de un día laborable. Me dejé perder por sus calles para ver que detrás de los bonitos edificios hay un buen puñado de personas a las que la sociedad llama "indigentes". No me gustó ese panorama.
Lo que sí me sorprendió y gustó fue una situación de la que fui testigo:
En plena plaza central de repente se escucho una voz femenina que gritaba en contra de alguien que por lo visto le había robado algo. Toda la gente que allí se encontraba empezó a gritar y a abuchear y los más enterados a señalar a un sujeto. Rapidamente apareció un policia que le retuvo y pudo comprobar que efectivamente había despojado alguna posesión a la chica. Detenido se lo llevó entre los muchos gritos que todavía seguía dando la gente llamándole de todo menos bonito.
A Medellín le llaman la "ciudad de la eterna primavera" ya que tiene un clima muy moderado. Es lo que tiene el estar tan cerca del Ecuador, que durante todo el año el clima es similar en casi todas las partes de Colombia. Pude disfrutar del solecito sólo empañado por algunos grupos de nubes esporádicas.
El escultor medellinense Botero que os sonará por sus estatuas de personas gordas está muy presente en varias partes y tiene una plaza con su nombre donde hay una veintena de esculturas con sus característicos diseños. Me gusta el estilo de este señor.
Seguí caminando y conociendo más modernas edificaciones paseanado y relajándome en alguno de sus parques.
Con la buena energía que siento ultimamente subí al cerro Motivara desde donde se divisan buenas panorámicas de la ciudad.
En este cerro hay una réplica de un colorido pueblito Paisa con sus balcones, fuente, casa del cura, capilla etc.
La tarde se me echo encima y tras haber caminado un total de siete horas decidí volver a mi temporal hogar.
Mis pulmones notaban la polución así que decidí abandonar la gran urbe al día siguiente prontito por la mañana y tomar rumbo al Eje Cafetero. En esta zona es donde se encuentran todas las plantaciones de café del país.
Tras unas conexiones de bus y atravesar unos frondosos valles llegué al pequeño y acogedor pueblo de Salento.
En la plaza principal donde me dejó la destartalada buseta se me presentó Rubén ofreciéndome cama en su acogedor hostel campestre llamado Estrella Sin Fronteras. Fui para allá e inmediatamente el lugar me atrapó. Este sitio se denomina hostel porque tiene capacidad para albergar más de veinte personas pero en realidad es una casita de campo llena de árboles y plantas y con una banda sonora de mugidos y relinchos que crea una atmósfera verdaderamente relajante. Rapidamente me hice amigo de Negrito, su cachorro de perrito juguetón.
No había más huespedes que una chica suiza con la que curiosamente también coincidí en el hostel de Medellín. En este ambiente que os he descrito podéis imaginar la tranquilidad que se respiraba.
Con ella visité el poblado de Artesanos, un proyecto financiado por una ONG japonesa para dar cobijo a una treintena de artesanos que hacen talleres, cultivan su huerto y venden su artesanía local hecha entre otras muchas cosas con semillas tan curiosas como estas judías-vaca.
Después fuimos a conocer la plantación de café del señor Elías, un encantador agricultor que nos enseñó como son las plantas, como se recolectan y todo el proceso para obtener el grano antes de ser tostado.
Por supuesto también nos enseñó como se tuesta y nos dió a probar café recién molido que hizo las delicias de nuestros paladares. Reconozco que no tenía ni idea de en que consistía todo este proceso para "fabricar" algo tan cotidiano como es el café.
Al día siguiente por la mañana nos fuimos al Valle de Cocora. Este sitio es un maravilloso lugar para conocer la "Palma de Cera" considerado árbol nacional de Colombia, una inmensa palmera que alcanza los 60 metros de altura.
Allí llegamos en un Willys, un jeep típico de esta zona y que se usa no sólo para el transporte de personas si no también para cargar toda la recolecta del café. Hay algunos que incluso los cargan hasta el punto de que las ruedas delanteras se levantan del suelo.
La caminata nos llevó toda la mañana y parte de la tarde. Subimos hasta una zona en la que vive una señora que cuida una reserva de colibries y nos tomamos una aguapanela con queso rodeados de estos diminutos pajaritos.
Tras subir hasta 2600 metros y contemplar una vista del valle bajamos por una zona repleta de Palmas así de bellas y así de altas. Son realmente imponentes y forman un paisaje único.
Los tres días siguientes me quedé atrapado en Salento, disfrutando de donde me sentí como en mi casa. Fui testigo del nacimiento (que no del parto) de unxs gatitxs de la gatita hermana de Negrito, me levanté desconcertado una mañana a las seis con los mugidos de una vaca que tendría algún problema porque no paraba, me cociné comidas riquísimas y compartí conversaciones y cervezas con los pocos huéspedes que pasaron por allí y por supuesto con mi anfitrión.
Curiosamente empezé a hojear El Quijote de Cervantes, leyendo esas primeras líneas que todxs conocemos y no pude parar hasta casi terminar la primera parte. Tuve que dejarlo porque era de Rubén pero me enganchó completamente. Leer este libro es algo que había intentado sin éxito otras veces y que tenía pendiente. Ahora puedo decir que lo he conseguido hasta la mitad y estoy deseando continuar una vez llegue a Madrid.
Las dos últimas noches en este lugar las pagué trabajando como informático formateando el viejo ordenador de Rubén lo cual también fue un bonito intercambio.
Tras los últimos paseos por los preciosos alrededores del pueblito y completamente renovado me fuí en bus nocturno de vuelta a Bogotá para llegar a la capital a la mañana siguiente. Allí fui para tomar una conexión directa con la frontera de Ecuador y para despedirme de Monik, una persona que ha sido un placer enorme conocer y disfrutar con ella. Gracias por todos esos momentos, conversaciones y risas guapísima, nos vemos en Madrid :D
Y en la ciudad de Otavalo me encuentro, tras más de 25 horas de bus para llegar aquí. Estoy muy cerquita de Quito pero voy a dedicar un par de días a conocer este sitio y sus alrededores antes de llegar a la última ciudad de mi viaje. Seguid atentxs porque os contaré lo que me transmite este país en tan poquito tiempo que le voy a dedicar en un próximo post. Muchísimos besos fortísimos y hasta muy prontito.
lunes, 22 de febrero de 2010
miércoles, 10 de febrero de 2010
El Caribe
¡Hola! ¿Que tal están mis queridos lectorxs?. Esto debería puntualizarlo o desgeneralizarlo ya que se de sobra que hay mucha gente que sólo ve las fotos así que eso de lectorxs sería relativo jeje.
No se preocupen lxs amantes de mis fotografías, tengo una cámara nueva que espero dure mucho más que la anterior así que a partir de ahora podré seguir adornando mis posts y ahorrarme miles de palabras.
Tecleo desde Medellín, segunda ciudad de Colombia en cuanto a número de habitantes. Para llegar aquí he pasado la noche y una buena parte de la mañana en un bus que me ha traído desde Santa Marta.
A esta ciudad llegué también desde Santa Marta después de un viaje de cinco horitas y me alojé en un humilde hospedaje del barrio Getsemaní donde caí rendido.
Antes de su llegada durante toda la mañana del viernes me paseé por Bocagrande, una especie de Benidorm a orillas del Caribe que bien poco me atrajo. Los 30 grados de media que hace en esta ciudad durante todo el año no son muy alentadores para caminar y sus no muy bonitas playas estaban repletas de gente.
El sábado por la mañana fuimos a la entrada de la bahía de Cartagena a una isla a la que llegamos tras media hora en lancha llamada Tierrabomba. En la playa de Bocahica buscamos tranquilidad para bañarnos y remojarnos en el mar. La playa en si no era muy atractiva, pero tuvimos muy buena idea para evitar la masa que plagaba las playas de la ciudad y ya de paso conocimos los restos de un fuerte que sirvió de defensa para españoles durante el S. XVII
Por la tarde volvimos a la ciudad para dar un paseo más largo por el centro histórico y vagar por sus calles. Después de la cena disfrutamos de un concierto de una banda de salsa. Monik es profesora de este baile tan típico de estos lares y con un par de mojitos en el cuerpo incluso yo bailé siguiendo sus sabios consejos.
Cartagena es una ciudad muy turística, quizá demasiado pero es realmente una bonita experiencia el perderse por su centro histórico. Por supuesto me encantó no estar solo y conocerla en compañía de esta simpática mujer con la que el fin de semana se pasó más que rápido.
Monik voló de vuelta a su ciudad el domingo y yo volví sobre mis pasos a la ciudad de Santa Marta ya que mi siguiente objetivo era el conocer el Parque Nacional Tayrona y sus paradisíacas playas. La noche antes de salir, en el hostel donde me hospedé conocí a Gonzalo, un chaval argentino con el que compartí camino.
Los Tayrona son una antigua civilización que poblaba las tierras de la Sierra Nevada de Santa Marta, un monte que se eleva a casi 6000 metros y que está muy cerca del mar. El mismo nombre toma el parque nacional que quise conocer para relajarme y despedir al mar Caribe por todo lo grande.
En el parque se supone que hay un montón de fauna, lo que más vi son mosquitos y burros no autóctonos usados para el transporte de turistas y varios grupos de aves que volaban ofreciendo unas bellas imágenes.
Después de una caminata de casi dos horas llegamos a la playa de Arrecifes donde han muerto cientos de personas y está prohibidismo bañarse. El mar es realmente bravo en esa zona con olas que rompen salvajemente y se cruzan unas con otras.
Caminando un poquito más llegamos al Cabo de San Juan. El ambiente era muy parecido al de un festival de verano, tiendas de campaña, grupos de gente bebiendo cerveza y algún chupito de ron pero sin música en directo. El idioma predominante era inglés y la mayoría de castellano que se oía era con acento argentino. Como no tenía tienda de campaña alquilé una hamaca que fue mi lugar de reposo durante dos noches.
El primer amanecer en ese lugar vino seguido de una excursión a Pueblito, antiguo lugar donde vivían 3000 tayronas y que aún quedan restos de más de 250 terrazas. El camino, un bello ascenso saltando rocas lo hice yo sólo ya que el amigo argentino no descansó muy bien.
A la vuelta, me fui caminando hasta una playa alejada de toda la gente y conseguí encontrar ese relax por el que venía bañándome en total soledad (excepto algun cangrejillo) y con la libertad de no tener que bañarme con bañador. ¡Que buen momento!
Por la noche disfruté de un atardecer subido a unas rocas sintiendo la fuerza del mar y después Gonzalo y yo compartimos cervezas y guitarra con otro vecino hamaquero sueco.
El día del retorno fue ayer después de un último remojón para decir adios no sólo al Mar Caribe si no al mar en general. La próxima vez que lo visite creo que será en España ya que echando cálculos me quedan a partir de hoy 13 días para retornar.
Como leíais al principio estoy en Medellín, ciudad de interior y mi ruta seguirá por el sur visitando el eje cafetero. Tengo que estar fuera de Colombia el día 24 y tomar el vuelo de vuelta desde Quito, capital de Ecuador. De momento, hasta que esa fecha llegue seguiré recopilando experiencias y os las contaré con la ilusión habitual.
¡Muchos besos amigxs!
Tecleo desde Medellín, segunda ciudad de Colombia en cuanto a número de habitantes. Para llegar aquí he pasado la noche y una buena parte de la mañana en un bus que me ha traído desde Santa Marta.
A esta ciudad llegué también desde Santa Marta después de un viaje de cinco horitas y me alojé en un humilde hospedaje del barrio Getsemaní donde caí rendido.
El día siguiente era especial porque una visita me esperaba por la tarde. Monik, aquella bogotense que conocimos en Buenos Aires y de la que os he hablado alguna vez se animó a conocer esta bonita ciudad conmigo aprovechando su descanso de fin de semana. Volando llegó desde la capital colombiana.
Una vez llegada Monik y cuando el sol se fue a descansar, paseamos para conocer su precioso centro histórico plagado de casas con balcones coloniales, mimos y música que salía de los locales. También había mucho tráfico de conductores de coches de caballos ofreciendo sus servicios con frases tan convincentes como: "Señores, dénse un paseo en coche de caballos ideal para tomar una decisión".
El sábado por la mañana fuimos a la entrada de la bahía de Cartagena a una isla a la que llegamos tras media hora en lancha llamada Tierrabomba. En la playa de Bocahica buscamos tranquilidad para bañarnos y remojarnos en el mar. La playa en si no era muy atractiva, pero tuvimos muy buena idea para evitar la masa que plagaba las playas de la ciudad y ya de paso conocimos los restos de un fuerte que sirvió de defensa para españoles durante el S. XVII
Por la tarde volvimos a la ciudad para dar un paseo más largo por el centro histórico y vagar por sus calles. Después de la cena disfrutamos de un concierto de una banda de salsa. Monik es profesora de este baile tan típico de estos lares y con un par de mojitos en el cuerpo incluso yo bailé siguiendo sus sabios consejos.
Cartagena es una ciudad muy turística, quizá demasiado pero es realmente una bonita experiencia el perderse por su centro histórico. Por supuesto me encantó no estar solo y conocerla en compañía de esta simpática mujer con la que el fin de semana se pasó más que rápido.
Los Tayrona son una antigua civilización que poblaba las tierras de la Sierra Nevada de Santa Marta, un monte que se eleva a casi 6000 metros y que está muy cerca del mar. El mismo nombre toma el parque nacional que quise conocer para relajarme y despedir al mar Caribe por todo lo grande.
En el parque se supone que hay un montón de fauna, lo que más vi son mosquitos y burros no autóctonos usados para el transporte de turistas y varios grupos de aves que volaban ofreciendo unas bellas imágenes.
Después de una caminata de casi dos horas llegamos a la playa de Arrecifes donde han muerto cientos de personas y está prohibidismo bañarse. El mar es realmente bravo en esa zona con olas que rompen salvajemente y se cruzan unas con otras.
Caminando un poquito más llegamos al Cabo de San Juan. El ambiente era muy parecido al de un festival de verano, tiendas de campaña, grupos de gente bebiendo cerveza y algún chupito de ron pero sin música en directo. El idioma predominante era inglés y la mayoría de castellano que se oía era con acento argentino. Como no tenía tienda de campaña alquilé una hamaca que fue mi lugar de reposo durante dos noches.
El primer amanecer en ese lugar vino seguido de una excursión a Pueblito, antiguo lugar donde vivían 3000 tayronas y que aún quedan restos de más de 250 terrazas. El camino, un bello ascenso saltando rocas lo hice yo sólo ya que el amigo argentino no descansó muy bien.
A la vuelta, me fui caminando hasta una playa alejada de toda la gente y conseguí encontrar ese relax por el que venía bañándome en total soledad (excepto algun cangrejillo) y con la libertad de no tener que bañarme con bañador. ¡Que buen momento!
Por la noche disfruté de un atardecer subido a unas rocas sintiendo la fuerza del mar y después Gonzalo y yo compartimos cervezas y guitarra con otro vecino hamaquero sueco.
El día del retorno fue ayer después de un último remojón para decir adios no sólo al Mar Caribe si no al mar en general. La próxima vez que lo visite creo que será en España ya que echando cálculos me quedan a partir de hoy 13 días para retornar.
Como leíais al principio estoy en Medellín, ciudad de interior y mi ruta seguirá por el sur visitando el eje cafetero. Tengo que estar fuera de Colombia el día 24 y tomar el vuelo de vuelta desde Quito, capital de Ecuador. De momento, hasta que esa fecha llegue seguiré recopilando experiencias y os las contaré con la ilusión habitual.
¡Muchos besos amigxs!
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